JERRY VARGAS MEJIA
Se llama Zoila, es recicladora y tiene 60 años. Con su tercer triciclo, recién comprado hace un mes, “palpa” entre las bolsas de basura para encontrar botellas, latas y cartones, todo lo que se pueda vender. A lo largo del recorrido que hace por el distrito de San Martín de Porres, recuerda y conversa lo que ha vivido y lo que ha visto desde hace ochos años, cuando comenzó en este trabajo.
Fue el quinto reciclador con el que intenté conversar; el segundo me habló sobre “palpar” las bolsas, tocar las bolsas sin necesidad de romperlas; el cuarto me dijo que para él era un cachuelo, una chamba libre y tranquila, que en las mañanas trabajaba en construcción civil y que tenía una ruta que hacía en tres horas. Los otros dos tenían la vista puesta en su trabajo, no querían dialogar
Zoila es Rodríguez de Mendoza, de la selva peruana. Recuerda que estuvo en su pueblo hasta los 5 años, a esa edad una tía la trajo a Lima diciendo que la apoyaría para que estudie. A los 10 años se escapó de su casa; nada de estudios, solo golpes y explotación. Su comienzo en este trabajo fue por el fallecimiento de su esposo.
—A mi edad es muy difícil que te den trabajo en otros lugares —comenta.
Pregunto si alguna vez se cortó mientras buscaba entre las bolsas de basura.
—Claro, a veces, hasta te ponen vidrios para que dejes de buscar.
Bosteza, se queda detenida. Comenta que tiene ocho años trabajando de recicladora, que comenzó en el barrio de San Germán y que es su tercer triciclo, que los dos anteriores se los robaron afuera de su casa.
EMPUJAMOS EL TRICICLO
Son casi las diez de la noche y mientras conversamos en aquella esquina casi despejada, a nuestro costado pasan dos recicladores en busca de la siguiente “presa”.
Son casi las diez de la noche y mientras conversamos en aquella esquina casi despejada, a nuestro costado pasan dos recicladores en busca de la siguiente “presa”.
—Si quiere podemos avanzar —le digo con cierta incertidumbre, sin saber si querrá o no que la acompañe. Empujamos el triciclo.
En la tercera parada, mientras yo trataba de comenzar a “palpar” algunas bolsas le pregunto a Zoila si al principio aguantaba los olores o lo que tocaba. Piensa un poco, responde firmemente.
—Vomitaba, me daba asco.
Recuerda un poco más, las siguientes frases ya no son tan firmes, solloza, su rostro se arruga poco a poco. Yo encuentro un par de botellas, ella no busca.
—Al principio me daba vergüenza, te gritan de todo. Te dicen “mejor vete a putear”, “no rompas las bolsas”. Cuando me encontraba con mis amigas, lloraba, ellas me decían que todo trabajo es digno, que siguiera chambeando. Solo cuando empecé a leer la Biblia, perdí la vergüenza. Como dice el Señor “todo trabajo es honrado”.
EL BOTÍN
En la siguiente esquina, frente a un mercado Cayran, a cinco minutos del cruce de las avenidas Mayolo con Universitaria, vemos una gran cantidad de bolsas al pie de un poste de luz. Caminamos por el lado derecho de la vía, frente a nosotros hay un parque. Del otro lado se ve a un reciclador. Zoila comenta que quien llegue primero se queda con el botín. Llegamos primero, el otro ni se acerca. Mientras buscamos en las diversas bolsas, la saluda un vecino de la zona que pasea con su perro.
En la siguiente esquina, frente a un mercado Cayran, a cinco minutos del cruce de las avenidas Mayolo con Universitaria, vemos una gran cantidad de bolsas al pie de un poste de luz. Caminamos por el lado derecho de la vía, frente a nosotros hay un parque. Del otro lado se ve a un reciclador. Zoila comenta que quien llegue primero se queda con el botín. Llegamos primero, el otro ni se acerca. Mientras buscamos en las diversas bolsas, la saluda un vecino de la zona que pasea con su perro.
—Señora que tal, otra vez por aquí, usted no descansa —comenta el vecino, mientras su mascota trataba de husmear en los montones de basura.
—Que tal señor, soy una lechuza, pues —responde Zoila, sonriente. Ella tal vez no lo sabe, pero su trabajo de verdad es el de una lechuza, una que es capaz de ver donde el resto está ciego.
CUIDADO
Me observa y me dice que tenga cuidado, que aparte de los vidrios también están las jeringas. A raíz de ellas, hace unos meses se fue al médico a hacerse un chequeo general.
Me observa y me dice que tenga cuidado, que aparte de los vidrios también están las jeringas. A raíz de ellas, hace unos meses se fue al médico a hacerse un chequeo general.
—Usted no tiene nada señora, ni colesterol, ni presión alta, todo bien para su edad —comentó el doctor después de ver los análisis.
—Soy recicladora y mientras buscaba en las bolsas me pinché con una jeringa.
—¿Y qué hizo?
—En ese momento apreté la herida lo más que pude, luego en mi casa lo sumergí varias veces en agua caliente.
—Con eso basta, ya está. La gente no sabe que el contacto diario de los recicladores con las bacterias los inmuniza.
Zoila sonríe y contesta: “¿Soy inmune?, entonces seguiré chambeando de recicladora”.
YO TAMBIÉN
El diálogo se hace más pausado, sigo buscando alguna botella o lata alrededor, las fuerzas se nos van con el pasar de las horas, la medianoche pasó hace buen rato. Zoila dice que por la rutina ha culminado, que regresemos.
El diálogo se hace más pausado, sigo buscando alguna botella o lata alrededor, las fuerzas se nos van con el pasar de las horas, la medianoche pasó hace buen rato. Zoila dice que por la rutina ha culminado, que regresemos.
Me dice que a veces los recicladores no son de mucho hablar porque piensan que les preguntas para meterte al negocio.
—Yo enseño igual, en esta chamba como en cualquiera otra hay gente buena y mala, quienes te apoyan y quienes no.
Sonríe y aún con el cansancio encima, bromea un poco.
—Quien sabe, quizá mañana te veo con un triciclo por esta ruta y me saludas todavía.
Ella comenta que tiene dos formas de llegar a su casa y que la más rápida implica levantar el triciclo sobre la vereda. Este está repleto, aun así logró subirlo, “palpamos” las últimas bolsas, los parpados comienzan a pesar. El caminar se hace más lento, me despido de ella, ahora los dos somos inmunes.
Reacciones






