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jueves, 21 de mayo de 2015

Se fue el rebelde de la canción peruana

El cantautor Manuel Acosta Ojeda, autor de inolvidables valses como “Madre”, “Siempre”, “Dulce agonía”, “Cariño” o “Así te quiero”, entre más de mil composiciones, falleció ayer en la madrugada en el Policlínico Grau, en Lima, debido a afecciones de su edad: 85 años.
La pérdida de este célebre hombre de izquierda, luchador social, elegante cantautor, articulista y hombre de radio conmovió a la comunidad intelectual local, en un año en que en el ámbito internacional nos dejaron Gabriel García Márquez, Günter Grass y Eduardo Galeano, por citar a algunos.
Las menciones de estos hombres de letras, con la distancia que los separa, no son, sin embargo, ajenas. El popular MAO (por las siglas de su nombre) comentaba que una noche en París, en una reunión en la casa de Alfredo Bryce Echenique, el mismo editor Carlos Barral le propuso publicar un libro con sus anécdotas musicales-literarias, aquellas que gustaba siempre contar entre amigos. MAO nunca escribió ese libro; sin embargo, Barral le había dicho a Ribeyro y Vargas Llosa que la verdad del Perú la tenía Acosta Ojeda.
Para quienes le recordaban esta ausencia literaria, MAO les dedicó dos célebres monólogos, “Solo sé que tengo sed” y “Confidencias II: Don Manuel… con su limón”, donde, entre canciones y amigos músicos en auditorios repletos, contó a la audiencia las anécdotas de los días y noches de bohemia con intelectuales y/o artistas. En una entrevista, MAO confesaba que al esbozar el programa del primer monólogo, trató de hacer que la gente vea que los que hablan de justicia, de revolución, no son amargados o resentidos sociales. “César Vallejo fue risueño, José María Arguedas era palomilla y José Carlos Mariátegui también”, dijo entonces.
En su trayectoria artística de casi siete décadas, en la que fue pionero en integrar la música andina y criolla, trabajó (disfrutó, sería mejor) con Luis Abelardo Núñez, Carlos Hayre, Juan Gonzalo Rose, el Jilguero del Huascarán, entre otros, con quienes también compartió además un compromiso por la justicia social.
Desde Saycope (Sociedad de Autores y Compositores del Perú) dio lucha a la APDAYC, brazo derecho de la industria musical. Conducía el programa radial “El Heraldo Musical” en Radio Nacional, donde brindaba un espacio a músicos de valía y a los nuevos, siempre dando cátedra de música, y haciendo gala de su buen y fino humor.
Tenía 85 años, pero un cúmulo de experiencias que a muchos les hubiera costado dos vidas. La historia de su vida, y la de muchos, la retrató en los versos de “Dulce agonía”, composición en la que nos enseña que “buscamos los placeres sin medida y el cuerpo sufre cuando el alma goza… ¡Y qué importa la condena si estuvo un rato el corazón contento!”. Así disfrutó su vida hasta el último día. Su sabiduría se encuentra en sus canciones.
Una de sus incontables ideas en materia musical fue proponer que el Ministerio de Educación ponga en los colegios buena música, peruana o extranjera. “Las neuronas codifican desde temprano, graban toda esa información”, dijo en una entrevista: “Aunque el niño no quiera, su cerebro se estará modificando. Esos códigos, cuando el niño vaya creciendo, se van a desarrollar”. Es una forma de cuidar el oído de los niños para que puedan apreciar la buena música cuando sean grandes.
Su repercusión en el ámbito de la cultura ha tenido diversos reconocimientos. Entre los últimos se encuentra el V Festival Internacional de Vibráfono y Marimba, que se desarrolló en el ICPNA de Miraflores en febrero en tributo a él. Otro es el libro “Aportes para un mapa cultural de la música popular del Perú”, editado por la Facultad de Ciencias de la Comunicación, Turismo y Psicología de la Universidad San Martín de Porres, en el que señala que “La creación musical es, tal vez, lo más sublime del sentimiento humano”.
El velorio se realiza en el Museo de la Nación, ubicado en Av. Javier Prado Este 2466. El viernes, en la mañana, el féretro llegará a Radio Nacional del Perú (Av. Petit Thouars cuadra 4) para recibir los honores correspondientes, antes del entierro.

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