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miércoles, 7 de enero de 2015

Adiós colegio JOSE GRANDA

Por Pepe Chonlon
He salido presurosamente con rumbo a Lince y luego de tomar la línea 41 José Leal (azul, rojo y blanco) en un paradero cerca a mí casa, encuentro afortunadamente al fondo un asiento vacío donde ubicarme. El ómnibus enrumba su paso por la avenida Universitaria, cruza el ovalo de la avenida José Granda y antes de llegar a la avenida Lima miro por entre las lunas de sus ventanas, como siempre acostumbro hacerlo desde hace 28 años, la puerta principal del colegio José Granda.
Algo ha pasado. Algo ha ocurrido. Porque si bien veo que el colegio conserva la misma fachada, al mirar hacia arriba me resulta algo extraño lo que veo. Los viejos pabellones, que asomaban sus formas por encima del contorno que rodeaban al colegio, han desaparecido. Ahora solo se ve un enorme y gran vacío. Y es que hace más de dos semanas el colegio José Granda fue demolido totalmente para construirse allí un moderno colegio emblemático.
De aquel colegio, en cuyas aulas estudie por espacio de ocho años, solo han quedado los escombros y en su interior las máquinas y los obreros se confunden en su ir y venir para que ningún ladrillo ni ningún fierro queden en pie lo más pronto posible. Ladrillos que atestiguan como inertes testigos el paso por más de 52 años de miles de alumnos, profesores y auxiliares que recuerdan siempre, aún con nostalgia, a su querida alma mater.
Será porque al estudiar allí aprendimos no solo las primeras letras, sino también el valor de la amistad que aún resiste incólume el paso de los años. Aprendimos que teníamos que saber defendernos de los inminentes peligros de la vida misma, a veces a puño limpio. Aprendimos que las Matemáticas o el Lenguaje no eran cosa del otro mundo, aunque a la mayoría nos lo pareciera. Aprendimos a amar y a odiar al mismo tiempo, al descubrir lo que es el amor y el desamor escolar.
En cada salón donde pasamos años de nuestras vidas, en cada pabellón que albergó a cientos de promociones, en el enorme patio central que formábamos los lunes, en el patio que se ubicaba el busto de don José Granda, en sus jardines donde asomaba el verdor, en el enorme terral que lo usábamos como cancha, en el pelado grass del John F. Kenneddy que se disputaron memorables partidos de fútbol, todavía vive algo de nosotros. Pese a que ahora ya no hay nada en pie.
El ómnibus de la línea 41 José Leal pasa raudo el semáforo que lo había detenido por unos minutos en la intersección de la avenida Lima con Universitaria, tiempo suficiente que me permite pensar en escribir esta crónica. Veo alejarse ante mí la silueta de lo que fue mi colegio y no me queda más que decirle adiós. Porque lo que se va a construir allí no es el mismo José Granda. Será otro colegio que llevará el mismo nombre y que tal vez será más moderno que el que yo conocí. Pero que no tendrá el alma de todos los que, alguna vez, estudiamos y pasamos por sus aulas.(Foto: Asociación Grandina)

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